La falsa premisa de la democracia vigente

Luis Leija.

Falsa premisa es un supuesto erróneo del que parte un sistema. Metafóricamente  hablando, es como elevar un edificio sobre cimientos no solo inciertos e inseguros, sino falsos.

La democracia se fundamenta en una falsa presunción, que consiste en considerar la libre y consciente capacidad de la ciudadanía para elegir a sus representantes mediante el voto; con lo que, por ende, el gobierno no representa la auténtica voluntad de la mayoría, que debido a su pobreza e  ignorancia, se ve expuesta a toda clase de manipulaciones y distorsiones cuando vota a sus representantes. Que el pueblo elige, es solo el teatro para legitimar la parafernalia electoral.

Ya es hora de que el pueblo de México reflexione y no siga vendiendo su futuro a cambio de despensas y unos cuantos pesos mientras los grupos de poder saquean al país.
Ya es hora de que el pueblo de México reflexione y no siga vendiendo su futuro a cambio de despensas y unos cuantos pesos mientras los grupos de poder saquean al país.

Establecido lo anterior, tenemos que en nuestra seudo-democracia quien verdaderamente elige a los representantes populares es la clase política incrustada en el poder desde siempre. El elector ciudadano es tan solo la formalidad con la que se encubre la verdadera política, que de democracia solo tiene la nomenclatura. Las distintas fuerzas políticas reales se movilizan en las élites partidistas, se reparten el poder entre familias, grupos económicos y las clases dominantes.

El camino para llegar al poder empieza por la afiliación a un partido, militar ahí e iniciar su carrera política, aunado a un sometimiento y hábil servilismo en dicha estructura para, poco a poco, abrirse paso hacia las postulaciones, en función de su lealtad, no a los principios del partido, sino a los intereses de poder de las élites partidarias; sin embargo, los militantes pueden moverse entre las diferentes fuerzas políticas, según convenga a sus intereses, como lo hemos visto recientemente.

Las elecciones reales se califican en función del financiamiento de recursos económicos invertidos en las campañas, cuanto más y mejor se gaste, mejores resultados se obtendrán; las elecciones caen en el campo de la publicidad y la mercadotecnia: spots, espectaculares, pintas, volantes, slogans, apoyo de los medios masivos de información, compra de votos, presión laboral y sindical, amenazas, ayudas, despensas, shows,  acarreos, promesas, regalos, chantajes y la multitud de fraudes que el folklor ha llamado de distintas maneras.

¿Qué verdadera gobernabilidad puede haber en un Estado cuando el poder está sustentado en una falsa premisa? Por consiguiente, nuestro país, al igual que muchos otros que se dicen democráticos, se engaña y continúa dentro de la misma simulación. Lo peor es que para mantener este sistema les es conveniente la ignorancia y la pobreza de la gran mayoría de la población, que no tiene más que resignarse a su penuria.

Para el sistema democrático mexicano y para la gran mayoría de las democracias, en el sufragio acaba la injerencia de la ciudadanía; la credencial y las urnas son suficientes para legitimar el poder del gobierno, de ahí en fuera, el ciudadano solo sirve para pagar impuestos, mismos que servirán de botín para los bolsillos de quienes integran dicho gobierno. El bienestar de la población nunca es su prioridad, antes bien esto pasa al último plano.

Es por esto que para terminar con la demagogia es indispensable que la ciudadanía cobre su soberanía y la ejerza total y directamente a través de procesos que habrá que plantear y construir con la participación activa de todos.

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