Muera y/o chingue a su madre Huerta

Las Salitas del alacrán

Con mi respeto y cariño para mi paisano, el historiador Ing. Alfonso González Contreras.

Dr. Salvador Salas Ceniceros.

Monedas acuñadas en Cuencamé una historia paralela a la revolución

General Calixto Contreras.
General Calixto Contreras.
General Severino Ceniceros.
General Severino Ceniceros.

Todos los datos históricos relatados aquí, fueron corroborados por el Ing. Alfonso González Contreras, sobrino bisnieto del general Calixto Contreras, quien junto al general Severino Ceniceros, tío abuelo de quien esto escribe, iniciaron la Revolución en lo que se refiere a Durango, comandando a los 23 generales (21 según otros) que aportó Cuencamé a la causa: “La fábrica de generales”, como le llamaba Pancho Villa.

Lamberthita nació el 4 de abril de 1904, fue la cuarta hija legítima de Calixto Contreras Espinosa y María Cristina Irungaray Machado. A los 11 años de edad, la niña Lambertha Contreras recibió de su padre, el general, una pistola como regalo, diciéndole: “este es tu ángel guardián que te cuidará”.

En 1914 mi tío Jesús Ceniceros trabajaba en la casa de moneda de Cuencamé, él nos platicaba de las monedas con la leyenda: “Chingue a su madre Huerta”.

En 1914 el general Contreras recibió en su casa las monedas acuñadas en oro, plata y cobre, con la leyenda “Muera Huerta” y otra con la frase “Chingue a su madre Huerta”. El general, entre risas, se las mostró a su hijita, quien se sonrojó y le dijo: “están muy bonitas papi”. Finalmente, el general les hizo ver a sus subalternos que la de la mentada de madre podría ser contraproducente ya que vulgarizaría el sentido de causa que seguían; las demás si se acuñaron y circularon.

Además, viéndolo bien, ¿El Chacal Huerta tendría progenitora? Por cierto, Huerta murió víctima de cirrosis en el Paso, Texas, el 13  de enero de 1916.

Lamentablemente las monedas ocasionaron el fusilamiento de quien las poseía.

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Muchos de los habitantes de Cuencamé durante los ataques de los federales se retiraban con sus familias a vivir en las cuevas que ex profeso habían horadado en cerros lejanos de Cuencamé, en la sierra de Gamón y el Nogalito, inclusive mi abuelo, José Sixto Ceniceros, con toda su familia tenía que hacer lo propio, durando hasta un año en esas condiciones, protegiendo sobre todo a las niñas, mi madre Mariquita entre ellas, contemporánea de Lamberthita.

En 1915, estando en Ocuila, un capitán del estado mayor del general Contreras, habiendo sido designado protector provisional de su familia, entró en estado de ebriedad a la habitación de Lamberthita tratando de violarla. Con lo que no contaba el capitán es que la niña, fiel a las indicaciones de su padre, siempre dormía con su arma bajo la almohada; en el forcejeo la victima disparó a quemarropa varios balazos muriendo instantáneamente el agresor.

El general había llegado a Cuencamé procedente de Torreón e inmediatamente se trasladó a Ocuila y ordenó: “que se cumpla con la ley marcial y sea fusilada” ya que el asesinato de un oficial del estado mayor no podía quedar impune.

La niña enmudeció y palideció, pero no lloró ni suplicó por su vida pues estaba acostumbrada a ver la muerte como parte del proceso de la Revolución, que no alcanzaba a comprender; además, conocía el carácter duro e implacable de su padre.

El jefe de la guardia personal del general le pidió clemencia, incluso a cambio de su propia vida, y como este acto no conmovió al general, en seguida todos los generales argumentaron lo mismo. Fue entonces cuando el general se doblegó y, con lágrimas en los ojos, perdonó a su hijita, quien por lo demás solo había defendido su honor, y quizá hasta su vida. Más tarde doña Lambertha le contó a mi amigo, el Ing. González Contreras, que fue la única vez que vio llorar a su padre.

Muchos años después, Lambertha se casó con un músico que acostumbraba, según se decía en Cuencamé, golpearla después de haber amenizado alguna fiesta, hasta que una noche no soportó más las agresiones y, en legítima defensa, balaceó a su cónyuge, acto seguido, y como en el cuento de Alan Poe, lo emparedó. La gente comenzó a buscarlo no sabiendo su paradero. Un día, según se cuenta en el pueblo, interrogaron a un viejito que se asoleaba cerca de la casa de Lambertha, y les contestó: “pos sabe dónde estará, pero si les digo que volteen al cielo y verán una parvada de auras revoloteando”.

Los investigadores no tardaron en dar con el cadáver.

Nuevamente entra a juicio la Sra. Contreras. En Cuencamé estaba y está muy fresco el recuerdo del general Calixto por lo que en el pueblo prefirieron enviarla a juicio a Durango, donde se dictaminó que actuó en legítima defensa, habiéndole dado la ciudad de Durango como cárcel, donde vivió hasta su fallecimiento a la edad de 95 años, el 19 de enero de 1999, “gozando” de una pensión de 20 pesos mensuales por los méritos revolucionarios de su padre.

P.D.

El 6 de agosto de 2015 se me otorgó un premio y una medalla, la cual lleva en el anverso la imagen de Cristo y el número 300 con las fechas 1715-2015.

Mi libro: Cuencamé y Velardeña, 300 años de Fe y tradición ganó el primer lugar por los relatos Los 300 años de presencia en Cuencamé del Señor de Mapimí y Los 100 años de la moneda Muera Huerta.

(drsalas_22@hotmail.com).

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