Portero de prostíbulo

Socrates Campos Lemus

Hay ejemplos humanos que sirven en los momentos difíciles de una sociedad. Esta historia nos permitirá ver ese ejemplo de lo que debemos hacer ahora, y en vez de quejarnos, actuar, rescatando creatividad y cultura para enfrentar la agresión de Donald Trump:

“No había en el pueblo peor trabajo que ser portero de prostíbulo. ¿Pero qué otra cosa podría hacer aquél hombre? El hecho es que nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad u ocupación. Un día entró como gerente del burdel un joven lleno de ideas, creativo y emprendedor, que decidió modernizar el lugar:

-A partir de hoy, usted, además de estar en la entrada, va a preparar un informe semanal donde registrará la cantidad de personas que entran y sus comentarios y quejas sobre los servicios.

 -Yo adoraría hacer eso señor -balbuceó-, pero no sé leer ni escribir.

-¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Pero si es así ya no puede seguir trabajando aquí.

-Pero señor, no puede despedirme, he trabajado en esto mi vida entera, no sé hacer otra cosa.

-Mire, lo entiendo, pero no puedo hacer nada por usted. Le daremos una buena indemnización y espero que encuentre algo que hacer, lo siento.

“Dicho esto se dio la vuelta y se fue. El portero se sentía como si el mundo se le derrumbara. ¿Qué hacer? Recordó que en el prostíbulo, cuando se rompía alguna silla, él la arreglaba con esmero y cariño. Pensó que esto podría ser una buena ocupación para conseguir trabajo. Pero sólo contaba con algunos clavos oxidados y una pinza mal cuidada. Usaría el dinero de la indemnización para comprar una caja completa de herramientas. En el pueblo no había casa de herramientas, debería viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano para comprar, y así lo hizo. A su regreso, un vecino llamó a su puerta:

-Vengo a preguntar si tiene un martillo para prestarme.

-Sí, acabo de comprarlo, pero lo necesito para trabajar, ya que…

-Prometo regresárselo mañana.

“A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino llamó a la puerta y le dijo:

-Mire, yo todavía necesito el martillo, ¿por qué no me lo vende?

-No puedo, lo necesito para trabajar, y además la ferretería más cercana está a un viaje de dos días.

-Vamos a hacer un trato -dijo el vecino-. Le pagaré los días de ida y vuelta, más el precio del martillo. Esto le daría trabajo por dos días más. 

“Volvió a montar su mula y viajó. A su regreso, otro vecino lo esperaba:

-Hola vecino, usted vendió un martillo a nuestro amigo. Necesito algunas herramientas, estoy dispuesto a pagar sus días de viaje y una pequeña ganancia más porque yo no tengo tiempo para viajar. 

“El ex portero de prostíbulo abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel, pagó y se fue. Y nuestro amigo guardó las palabras que escuchaba: ‘No tengo tiempo para viajar a hacer las compras’. Si esto es así, muchos requerirían de él para viajar y traer herramientas. En el próximo viaje, arriesgó un poco más de dinero trayendo más herramientas de las que había vendido. La noticia comenzó a expandirse por el pueblo y muchos, queriendo economizar el viaje, le hacían encomiendas. Ahora, como vendedor de herramientas, una vez por semana viajaba y traía lo que necesitaban sus clientes. Con el tiempo, alquiló un galpón para almacenar las herramientas, y unos meses más tarde se compró una vitrina y un escaparate y transformó el galpón en la primera ferretería del pueblo. Ya no viajaba pues los fabricantes le enviaban los pedidos. Él era un buen revendedor.

“Un día se acordó de un amigo que era tornero y herrero, y pensó que él podía fabricar las cabezas de los martillos, destornilladores, pinzas, etc. Y después los clavos y los tornillos. En pocos años se convirtió, con su trabajo, en un fabricante de herramientas rico y próspero.

“En la cúspide de su éxito, decidió donar una escuela al pueblo. En ella, además de la lectura y escritura, los niños aprenderían un oficio. El día de la inauguración de la escuela el alcalde le entregó las llaves de la ciudad, lo abrazó y le dijo:

-Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos que nos conceda el honor de poner su firma en la primera página del libro de actas de esta nueva escuela.

-El honor sería mío. Sería una cosa que me daría mucho gusto, firmar ese libro, pero no sé leer ni escribir, soy analfabeta.

-¿Usted?, dijo incrédulo el alcalde. ¿Construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? ¡Esto es increíble! ¿Qué hubiera sido de usted si supiese leer y escribir?

-Seguiría siendo el portero del prostíbulo –le contestó.

Valentín Tramontina, uno de tantos exponentes de la cultura del esfuerzo.
Valentín Tramontina, uno de tantos exponentes de la cultura del esfuerzo.

Esta historia es verdadera y se refiere a un industrial llamado Valentín Tramontina, hijo de inmigrantes italianos nacido en Brasil en 1893 y fallecido en 1939. Fue fundador de Industrias Tramontina, que hoy cuenta con 10 fábricas y 5,500 empleados, produce 24 millones de unidades y exporta a 120 países, es la única empresa brasileña en esa condición de Río Grande do Sul.

“Por lo general, las oportunidades son vistas como adversidades. Las adversidades pueden ser bendiciones. Las crisis están llenas de oportunidades. Si alguien le bloquea la puerta, no gaste energía en confrontaciones, busque las ventanas. Recuerde la sabiduría del agua: El agua nunca discute con sus obstáculos, simplemente los rodea”.

Si nos construyen un muro podremos abrir nuevos mercados con nuevos productos, y no depender de un solo cliente: EEUU. Ser autosuficientes y valientes es el mejor camino para superar los retos. Tenemos materias primas, talento, capacidad, valor y creatividad con cultura de fuertes raíces.

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