“El hombre y la mujer no deberían casarse porque el amor viene y va”

Disfrutar el momento sin pensar en lo que viene.

En cierta ocasión, allá por los años veinte, el presidente de Estados Unidos John Calvin Coolidge visitaba una granja de pollos con su esposa. La primera dama le preguntó al granjero cómo era posible producir tantos huevos con sólo unos pocos gallos, a lo que éste respondió que sus gallos cumplían con todas sus gallinas varias veces al día. “Quizás podría usted mencionárselo al presidente”, comentó irónica la señora Coolidge. El señor Coolidge, por su parte, no respondió y se limitó a preguntarle al granjero si el gallo atendía siempre a la misma gallina, a lo que el granjero respondió que no, sino que atendía a muchas distintas. “Quizás –respondió el presidente– podría usted señalarle ese detalle a la señora Coolidge”.

Esta anécdota que es casi leyenda abre uno de los capítulos de En el principio era el sexo (Ed. Paidós), la última obra de divulgación de Christopher Ryan y Cathilda Jethá que ahora se publica en España: un repaso pormenorizado a los particulares del ser humano con la tesis de que fue nuestro sexo, más que ningún otro factor, el que nos catapultó a la parte privilegiada de la gran genealogía zoológica.

La más sexual de las criaturas.

El ser humano, explica Christopher Ryan a El Confidencial, es la más sexual de las criaturas. “Somos una de las cuatro especies conocidas que no utiliza el sexo con fines sólo reproductivos. Otra es el bonobo, con quien compartimos el 99% de nuestros genes.

O los delfines”. En todos los casos, apunta, “hablamos de especies que viven en grupos grandes, complejos, con un patrón comunicativo sofisticado y una alta inteligencia”. ¿Es casualidad que las especies zoológicas más inteligentes de la Tierra sean precisamente las que practican una sexualidad reproductiva, pero también social y comunicativa? No, según el autor. “El sexo es un lubricante social”, nos cuenta, “indispensable para neutralizar el conflicto en grandes grupos de animales inteligentes como los nuestros”.

Aunque su intención, nos advierte, no es vender una visión de la sexualidad “simplista, que se reduzca sólo a lo lúdico”, sino concederle al sexo su justa proporción en nuestros logros adaptativos. Y esta proporción, asegura, es muy alta: “Nuestra supervivencia depende del grupo y el grupo depende del sexo”, nos dice. “El error que cometen algunas sociedades humanas es vivir las relaciones como una fuente de conflictos, cuando en realidad su papel es precisamente el contrario: liberarnos del conflicto”.

Ocurre que, aunque no lo creamos, “estamos atrapados en la etapa victoriana”. Nuestra idea de la sexualidad, comenta refiriéndose a Occidente, sigue siendo radicalmente darwiniana, “incluso entre científicos y expertos”. “Eso está muy bien”, apunta, pero a veces obliga a resumirlo todo en una cuestión de objetivos genéticos. Ni los hombres se “afanan en propagar su semilla barata y abundante”, parafraseando el libro, ni las mujeres en “proteger celosamente su provisión limitada de óvulos”.

Quizás es así en otras especies, mantienen Ryan y Jethá, pero no en la humana. En nuestra especie, como en el resto del podio zoológico de la inteligencia, el sexo es una herramienta social. Aseguran que tuvo mucho más que decir en nuestra transformación de animal a secas a animal social que el fuego, la rueda y la agricultura.

Cuando mandan las madres.

Christopher Ryan afirma que uno de los mejores ejemplos de cómo el sexo define a las sociedades –y no al revés– está en las enormes diferencias entre las culturas matriarcales y las patriarcales. Junto a las de reputados psicólogos, escritores celebrados y humoristas de verbo exacto, los autores recogen en su libro la cita de una mujer de la etnia mosuo, que en cierta ocasión comentó sin darle importancia que “las mujeres y los hombres no deberían casarse, porque el amor es como las estaciones: viene y va”. Los mosuo residen en las provincias chinas de Yunnan y Sichuan, a los pies del Tíbet, y son una sociedad matriarcal con más de 2,000 años de antigüedad. “Nadie puede decir –apunta Ryan– que su modelo no funciona”.

“Está claro que las sociedades patriarcales son las más poderosas”, declara seguidamente cuidando mucho el adjetivo. “Son las que han dominado a las demás. Pero habría que decidir si ser poderoso es ser mejor. Tenemos la idea de que las culturas que dominan son mejores, pero la calidad de vida es otra cosa”. Las culturas matriarcales, nos explica, “funcionan mejor en otros parámetros: son más pacíficas y más funcionales, y las luchas de poder son mucho menos frecuentes. Pero también son más vulnerables ante la agresión externa”.

Se muestra escéptico a la hora de considerar a un modelo mejor que el otro, pero apunta convencido que “en las sociedades matriarcales, desde luego, se vive mejor. Especialmente los hombres viven mejor. Las mujeres mandan de forma distinta”.

“Ser monógamo es como ser vegetariano”.

Ryan asegura que no hay que “derribar” las convenciones y los mitos, sino superarlos poco a poco. Y no porque sea pertinente desde el punto de vista científico, sino porque “es sencillamente necesario”. “La afirmación de que todos los seres humanos somos naturalmente monógamos no sólo es mentira; es una mentira que la mayoría de las sociedades occidentales insiste en que nos sigamos repitiendo los unos a los otros”.

Y esto, opina, nos aboca al conflicto, el sufrimiento y a “vivir con vergüenza algo que es común a todos los animales superiores”.

Un sinsentido, denuncia, tanto en el plano biológico como en el social, del que además son especial víctima las mujeres. “En muchas partes del mundo, incluso aquí en España, hay mucha vergüenza con el sexo de la mujer. En un país europeo es menos problemático, pero hay lugares del mundo donde una mujer es condenada a muerte por haber sido violada. Es de locos, sencillamente de locos”.

 

El sexo humano, asegura Ryan, es siempre plural. “La monogamia puede ser una opción sana, inteligente y legítima, pero a fin de cuentas se trata de una decisión. Es como hacerse vegetariano”. Su libro, nos cuenta, “no ofrece consejos ni respuestas” ni pretende ser “una crítica a la monogamia”. Su idea tampoco es plantar un desafío vacuo a las convenciones morales, sino ofrecer “una explicación positiva” de aquel aspecto de su personalidad que, a juicio de los autores, define al ser humano como ninguno otro lo hace: su propia sexualidad.

 

(elconfidencial.com).

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