No es lo mismo un animal político que un político animal

Dr. Salvador Salas Ceniceros.

En relación al artículo publicado en El Siglo de Durango titulado “Un Villa gigante y otro escondido” (4 de febrero de 2026), firmado por el periodista Víctor Montenegro, quiero comentar lo siguiente:

El poder, al inteligente lo vuelve tonto y al tonto lo vuelve loco (AMLO dixit).

No es lo mismo un animal político que un político animal. En este orden de ideas y ¡sin pretender ser un therian! les comunico: Me considero un animal político (Animal que vive en ciudades = Polis, Aristóteles dixit) y por lo tanto siento la obligación de defender la ciudad de Durango de los atracos de lesa arquitectura perpetrados por varios gobernantes.

Sin pretender hacer diagnósticos psiquiátricos, ya que mi especialidad es la Gineco obstetricia, considero que el señor gobernador, al pretender construir un gigante de 25 metros de altura que represente a Pancho Villa ecuestre (¿ cuestre lo que cuestre?) confunde “grandeza con grandote”.

La obra de nuestro entrañable e inolvidable maestro Francisco Montoya de la Cruz es grandiosa, por eso me referiré primero al Francisco Villa “escondido”.

Bajo la dirección y realización del maestro Francisco Montoya de la Cruz, los alumnos Donato Martínez, Rogelio Domínguez, Manuel Soria, Jesús Martínez y Guillermo Salazar, modelaron en barro la figura ecuestre del héroe revolucionario de 5 metros de altura por 5.5 de largo; posteriormente, mediante una técnica muy complicada, minuciosa y hasta peligrosa, que incluyó forrar la figura con yeso que sirvió de molde para los siguientes pasos, se llevó a cabo la fundición por segmentos de la escultura, que posteriormente fueron soldados escrupulosamente para que no se notaran las uniones y, al final, se realizó el proceso de patinado cuidadoso de esta grandiosa obra.

La colocación de la monumental escultura implicó la utilización de una grúa capaz de levantar y movilizar la obra de 8.5 toneladas de peso. Previamente, el otrora alumno Guillermo Salazar, quien por cierto es el único sobreviviente de los realizadores, fue introducido para soldar por dentro un tirante que llega hasta la cola, que junto con las patas traseras constituyó una de las tres bases que se atornillaron al basamento de concreto.

Cabe mencionar que este importante monumento es un emblema de nuestra identidad como duranguenses, no solo en relación al Centauro del Norte sino también al maestro Montoya, que constituye el epítome de las artes plásticas en Durango. La desaseada reubicación escondiéndolo por órdenes u ocurrencias de otro gobernador, hizo que sufriera fisuras y raspones, todo debido a que no se consultó a los creadores acerca de cómo realizar la maniobra.

En resumidas cuentas, sugiero que el señor gobernador deje a un lado sus psicoonanismos gigantes y contrate al maestro Salazar, que representa un digno heredero de las enseñanzas de nuestro entrañable maestro Montoya, para que restaure la obra y supervise la maniobra de la nueva reubicación, la cual debe ser asesorada por algún arquitecto experto en urbanización y en perspectiva. Le sugiero al arquitecto Guillermo Gutierrez Martínez.

Ahora, volviendo al Villa gigante, lo primero que se me ocurre decir es que los citadinos bien nacidos ya estamos hartos de ocurrencias que han dañado irremediablemente nuestro patrimonio arquitectónico, me refiero por ejemplo a los perpetrados durante las gestiones de los dos Jorges:

1.- El casco de la Ferrería, que ya había sido restaurado bajo la dirección de Chalío Salas, respetando el estilo y el espíritu original. Este sitio fue “rerremodelado” de una manera brutal, pues cambiaron los pisos originales de cantera y los revistieron con losetas de vitropiso ¡en un edificio de mediados del siglo XIX!

Colocaron un domo de barras de fierro en forma de telaraña que tapa el patio principal convertido en salón de reuniones políticas.

Algo similar sucedió en el edificio Juana Villalobos, diseñado para hospital durante la presidencia de Porfirio Diaz (el mejor presidente que ha tenido nuestra amada madre Nación) para conmemorar el centenario de la independencia de México (Dr. Vallebueno y/o cronista Javier Guerrero, corríjanme suponiendo que esté en un error de lesa historia). En el patio principal taparon las bellas y esbeltas columnas que delimitan el patio, sustituyéndolas por unas de fierro sobre las que montaron un domo digno de un hangar para aviones y lo convirtieron en un salón para eventos políticos. Este atraco de lesa arquitectura se realizó con total impunidad, incluso estando las oficinas del INAH en el histórico inmueble.

2.-En El Pueblito, la erección de un monumento consistente en una pseudo-fuente rematada por dos columnas chuecas, pintadas de negro, que solo pueden representar la mente obscura y torcida de quien lo diseñó y de quien ordenó su construcción.

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El horripilante “monumento” instalado en El Pueblito.

3.- La remodelación de la llamada Plaza de Los Fundadores representa un rescate muy digno de este espacio público, resaltando al Edificio Central de la UJED y al templo de San Juan de los Lagos, erigidos durante la etapa colonial. ¿Pero a quién, por el amor de Dios, se le ocurrió poner al frente una especie de rayador de queso gigante con pretensiones de obelisco egipcio, encaramado en un pilancón que, supongo, representa al Cerro de Mercado, supuestamente de origen aerolítico?, ¡minimizando perspectivamente al contexto arquitectónico colonial!

Plaza Fundadores 450
El grotesco rayador de queso erigido en la Plaza de Los Fundadores.

Dr. Esteban Villegas, en su gigante imaginación con seguridad se inspiró en “El caballito” del escultor Sebastián, localizada en la CDMX y que representa la cabeza de un caballo en estilo abstracto/geométrico/modernista. La portentosa obra mide 28 metros de altura por 10 de ancho.

Final y respetuosamente, le sugiero al señor gobernador que toda su imaginación y disposición la centre en la construcción de la presa Tunal 2 y que haga las gestiones para que dicha obra magna lleve el nombre de “PRESA FRANCISCO VILLA”, para relacionarla con la que lleva el nombre de Guadalupe Victoria, ya que ambos son dignos representantes de nuestra identidad duranguense.