
El síndrome del poder vacío: Durango entre el latón y el éxodo
LUPITA MAYA
Se ha vuelto un lugar común afirmar que la política atrae a personalidades seducidas por el narcisismo, pero lo que ocurre en Durango trasciende la simple ambición: es una desconexión total de la realidad. Cuando los gobernantes confunden el cargo público con un trono personal, el resultado no es solo un mal gobierno, sino un flagelo sistemático. La historia reciente del estado parece atrapada en un ciclo perverso donde la máxima esperanza ciudadana —que el siguiente gobierno no sea peor que el anterior— termina rebasada por una realidad aún más precaria.
Hace unos días fuimos testigos de la pasarela de los informes de gobierno, tanto estatales como municipales. El guion fue el mismo de siempre: discursos plagados de realidades alternas, promesas de campaña recicladas que el tiempo devora y una alarmante ausencia de obra pública tangible. Mientras la propaganda oficial presume finanzas sanas, la deuda pública asfixia el presupuesto estatal a tal grado que los millonarios créditos contratados apenas alcanzan para cubrir los intereses. La pregunta es inevitable para cualquier ciudadano de a pie: ¿en dónde quedó ese dinero? ¿Dónde están los fondos extraordinarios enviados por la federación si las calles siguen rotas y la economía local está paralizada?
La respuesta oficial no es la rendición de cuentas, sino la soberbia. Vivimos bajo un liderazgo tan inflado de ego que, en funciones, se atreve a amenazar públicamente a quienes supuestamente planean “traicionarlo”, anticipando un blindaje o la búsqueda desesperada de fuero político cuando aún le restan dos años de gestión. Este ambiente hostil no tolera el periodismo crítico; las entrevistas se reservan para micrófonos a modo que acepten cuestionarios previamente censurados.
Pero los datos fríos no necesitan pedir permiso para hablar. Detrás de los discursos oficiales de estabilidad, las mediciones del [Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI)](https://www.inegi.org.mx/) revelan el verdadero rostro de la entidad. Aunque las cifras oficiales traten de maquillar el escenario con una aparente tasa de desocupación baja, la realidad del empleo es profundamente precaria. De acuerdo con datos analizados por organizaciones como [México, ¿cómo vamos?](https://mexicocomovamos.mx/fichas-por-estado/durango/), la tasa de informalidad laboral en el estado alcanza el 55.5%, colocándolo entre las quince entidades con mayor precariedad laboral en el país.
El golpe más duro lo reciben las nuevas generaciones. El desencanto económico se traduce en un éxodo silencioso pero masivo. Estimaciones basadas en la [Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE)](https://www.inegi.org.mx/temas/empleo/) e indicadores de desarrollo local advierten que cerca de 8 de cada 10 jóvenes de entre 18 y 29 años enfrentan serias dificultades para conseguir un empleo formal en la entidad. Peor aún, se calcula que aproximadamente el 80% de los egresados universitarios termina buscando oportunidades fuera de Durango debido a la falta de liquidez y circulante en los comercios locales. El estado capacita a su juventud para que termine enriqueciendo a otras regiones; actualmente hay más de 55 mil profesionistas duranguenses que no pueden ejercer la carrera que estudiaron. Emprender es casi un suicidio financiero en una economía con carteras vencidas que superan los promedios nacionales.
Mientras el talento joven huye y las familias sufren el desabasto de medicamentos básicos en los hospitales —una crisis agravada por el rechazo político a la federalización de los servicios de salud como el IMSS-Bienestar—, las prioridades del gasto público rayan en el insulto. El gobierno estatal prefiere destinar millones de pesos al capricho de construir un monumento de latón a Francisco Villa antes que dotar de insumos médicos a clínicas vacías.
Gobernar desde el delirio de grandeza y la indolencia social tiene un costo muy alto, y no lo pagan quienes toman las decisiones desde sus camionetas blindadas, sino los ciudadanos que ven su futuro diluirse en promesas de campaña incumplidas. Durango está en aprietos, y el tiempo corre.
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