Las S’alitas del Alacrán: Las auras del pueblito

    Salvador Salas Ceniceros.

    Cuenta la mitología griega que el dios Apolo se decepcionó de su cuervo de plumaje blanco como la nieve cuando, habiéndole encomendado el cuidado de su amante Corónide, ésta lo engañaba con Isquis, su joven amante. Apolo reacciona y antes de matar a Corónide convierte en negro el color de las alas del ave.

    Sea como sea, las aves  carroñeras como las auras y zopilotes visten eternamente de negro, luto impuesto por su profesión de necrófagos. Nacen con plumaje blanco y conforme van aprendiendo a volar cambia su color al definitivo.

    Screen Shot 2015-01-21 at 1.03.47 AMSon de hábitos diurnos. Más o  menos a las 9 de la mañana se desperezan batiendo sus alas, y en tiempo de frío las extienden y orientan hacia el Sol para calentarlas. Luego se alzan en vuelo espectacular detectando corrientes ascendentes de aire caliente. Su olfato privilegiado las orienta hacia donde se encuentran las víctimas de algún camionero agresivo y su visión cataléjica finalmente detecta el lugar en el que se encuentra el cadáver. En la noche, después de su jornada paradójicamente desagradable y benéfica, regresan a su hábitat, que en El Pueblito son los altos álamos, descansan en las ramas altas sin entrar nunca en controversia con sus compañeros de hábitat. Inclusive las hemos visto conviviendo con otras aves de diferente color como garzas pequeñas blancas que eventualmente duermen entre las de plumaje negro.

    En cambio, otras aves como las lechuzas blancas son perversamente agresivas, llegan por la noche en grupos, a veces de tres, haciendo ruidos extraños y francamente atemorizantes, batiendo las alas en actos  ciertamente  belicosos. Son los aquelarres que asustan a las auras, que se ven obligadas a volar mientras las agresoras se retiran, regresando finalmente trastabillando en su vuelo, obligadamente nocturno.

    Hace algún tiempo, rumbo al Pueblito, vimos un caballo muerto a orillas de la carretera, víctima de algún camionero despiadado que pudiendo esquivarlo o asustarlo con el claxon prefirió matarlo con toda la alevosía y ventaja. Dimos aviso a las autoridades sanitarias correspondientes, quienes supuestamente irían a retirar al pobre animal. Pasaron los días y las auras trataron de realizar su noble y desagradable labor, interrumpida por el paso de los autos. Por la tarde, alguien retiró de la carretera el cuerpo inerte dejándolo a un lado de la cinta asfáltica, y entonces sí las carroñeras iniciaron su ritual: dan saltitos cortos, no caminan como las palomas,  acercándose cada vez más a la cabeza del muerto, se aseguran de que no se mueva y, entonces, de un picotazo certero le pican y extraen los ojos (¿taco de ojo?). Acaso en un acto de misericordia incomprensible para nosotros consistente en que si dejan los ojos la víctima va a ver cómo la devoran.

    Un día les vasta a las auras para devorar  a un animal grande. Por la noche son suplidos por la manada de coyotes que bajan de la sierra cercana (menos el coyote inválido, suponiendo que su existencia sea real), de tal manera que en unos cuantos días ya desaparecieron incluso algunos huesos grandes, y si se es observador podemos ver un ejército de hormigas y otros insectos terminando de limpiar el terreno.

    Por todo esto estimado paseante dominguero, nunca agredas a las auras ya que nos prestan un servicio mucho más eficiente a veces que el que deberían de prestar las autoridades sanitarias.

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