#UnDíaSinMujeres

La República Mexicana está convulsa. La irritación social, sin llegar a desbordarse aún, recorre calles y banquetas. La gritería por las constantes ofensas aturde a las buenas conciencias. Por momentos no queda muy claro hacia dónde se dirige la sociedad, tampoco el proyecto de nación de Andrés Manuel López Obrador. A la población en su conjunto nos abruma el peso de la historia, el costo de las malas decisiones y los pasos hacia atrás durante tantos gobiernos. Todo ello nubla la mirada e impide que aprehendamos con fuerza y miremos con claridad nuestro pasado histórico sin desprendernos de nuestra historia presente.

Hoy por hoy, en nuestra comunidad cargamos un profundo silencio y una violenta ausencia de derechos. Es cierto que en el marco constitucional se encuentran establecidos una multiplicidad de derechos, pero en la realidad una cosa es poseerlos y muy otra la posibilidad de ejercerlos plenamente. No se trata solamente de conseguir que se plasmen en los marcos legales, sino de que existan las condiciones para que las personas los podamos ejercer con seguridad, sin violencia, sin coacción, sin amenazas y sin peligro. En tanto no logremos respetar los derechos ya existentes, estaremos imposibilitados para crear nuevos derechos. Claros ejemplos de leyes plasmadas como narrativa muerta son la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y la tipificación del feminicidio como delito autónomo en el Código Penal Federal, así como su incorporación en los códigos penales de todas las entidades federativas. A pesar de esas leyes, la violencia contra las mujeres continúa.

La mejor manera de romper la lógica perversa del falso reconocimiento y los derechos que se han convertido en adornos en nuestro país, es mediante la construcción de relaciones cotidianas cimentadas en el entendimiento, aceptación, apreciación y auténtico reconocimiento y tolerancia de la diferencia. Sin la existencia de ello, no podremos pensar la igualdad desde la diferencia, y de ahí transitar hacia una sociedad plural y no polarizada. Desde luego, esto cruza necesariamente por detener la transmisión generacional de las prácticas discriminatorias.

La crisis de violencia contra las mujeres que vivimos hoy en día en México, cuyo punto más álgido son los feminicidios, es el resultado de las prácticas y discursos que violentan los derechos humanos y justifican la discriminación contra las mujeres en todos los espacios de la sociedad, normalizando y ocultando la violencia. Es cierto que los feminicidios no comenzaron en este gobierno, ni en el anterior; el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres se instaló en México desde hace varias décadas. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) afirma que entre 1985 y 2017 se registraron 55,791 muertes de mujeres en México con presunción de feminicidio. A no dudar, estos crímenes se cometen en un sistema cultural patriarcal que discrimina y violenta a las mujeres, además de impedirles el ejercicio de sus derechos.

Cada día se cometen 10 feminicidios en el país, hablamos de Feminicidio sexual sistémico, donde los cuerpos son violentados sexualmente, torturados y abandonados en la vía pública; Feminicidio familiar íntimo, donde la mujer es asesinada por su pareja o un amigo, quienes buscan evidenciar el control que pueden ejercer sobre la mujer; Feminicidio por ocupación estigmatizada, contra mujeres que desempeñan ocupaciones que algunas personas señalan como “no apropiadas”, y Feminicidio por conexión o por venganza, cuando el asesinato se comete contra mujeres que tienen relación con hombres metidos en diversas problemáticas y que sus rivales buscan lastimarlos a través del daño perpetrado a su pareja, hijas o madre.

No hay más, la violencia sin adjetivos contra las mujeres es la razón que juega las veces de palanca de sus movilizaciones. No obstante, en el mejor de los casos, la sociedad solo se atreve a mirar los feminicidios por lo evidente del acto, pero se rehúsa a mirar y aceptar la violencia estructural que precede a los feminicidios.

El presidente Andrés Manuel López Obrador, sin ninguna estrategia ni política pública para combatir la violencia de género; por el contrario, su ignorancia sobre el tema agudiza cada día más este problema.

De cara a la tragedia nacional de los feminicidios, el gobierno de López Obrador y la oposición política realizan una pésima lectura de la indignación femenina. El PRI y el PAN, que pusieron oídos sordos a la violencia contra las mujeres en los tiempos que encabezaron el gobierno federal, hoy salen a las calles y abanderan causas que negaron sistemáticamente hace pocos años. No olvidemos que Enrique Peña Nieto durante su gobierno se negó a emitir una alerta de género en el Estado de México, a pesar de ser una de las entidades con mayores niveles de violencia contra las mujeres en México (y lo sigue siendo bajo el gobierno priísta de Alfredo del Mazo). Desde luego, ese pasado (y presente) no les prohíbe ni los sataniza para no apoyar hoy las movilizaciones.

Pero sin duda, la peor y más peligrosa reacción que menos abona para generar un ambiente de seguridad y reconocimiento de las mujeres es la del presidente Andrés Manuel López Obrador. En principio, la lectura que hizo la 4T acerca de que las movilizaciones feministas son contra AMLO y su gobierno, los colocó en una posición fallida, de poca empatía y con un bajo nivel de sensibilidad. Seguir insistiendo que las movilizaciones se deben a infiltraciones de la derecha y a los grupos conservadores es llevar al plano ideológico un reclamo legítimo por las difíciles condiciones en las que viven las mujeres en México. Y no solo eso, más aún López Obrador no les abrió a las mujeres manifestantes las puertas del Palacio Nacional. No permitió que este tema fuera la línea de análisis de la conferencia mañanera. Incluso ha puesto candados a diversas mujeres de su gabinete para que no realicen ninguna declaración de apoyo a las mujeres. Por si eso no fuese suficiente, acorralado por la prensa, Andrés Manuel López Obrador lanzó su decálogo en apoyo a las mujeres, que la verdad dio pena ajena, a saber: “1.- Estoy en contra de la violencia; 2.- Se debe de proteger la vida de hombres y mujeres; 3.- Es una cobardía agredir a una mujer; 4.- El machismo es un anacronismo; 5.- Se tiene que respetar a las mujeres; 6.- No a las agresiones a las mujeres; 7.- No a los crímenes de odio contra mujeres; 8.- Castigo a responsables; 9.- Garantizar la seguridad a las mujeres; y el décimo.- Garantizar la paz y tranquilidad en México”.

La mala reacción del presidente se debe a que se siente parte de todos los movimientos sociales y supone que de ellos no debe haber cuestionamientos a su gobierno, menos enfrentamientos. Desde su llegada a la primera magistratura del país, ha pensado que sus adversarios solo pueden ser empresarios o la clase política contraria a Morena, nunca la población en general. Esa también es una pésima lectura de la movilización ciudadana que ha evidenciado la equivocación que comete López Obrador al tratar de minimizar la indignación de las mujeres.

A diferencia de la oposición y del gobierno federal, la mayoría de los medios de comunicación, la Coparmex, el Congreso de la Unión, la jefa de gobierno de la Ciudad de México, así como la gobernadora de Sonora y varios mandatarios estatales, el Poder Judicial, el Consejo Coordinador Empresarial y un amplio universo de instituciones educativas públicas y privadas han manifestado su respaldo a las movilizaciones de mujeres y al llamado al Paro Nacional el 9 de marzo.

Por vía de mientras, urge crear mejores condiciones de vida para las mujeres, pues en tanto sigamos permitiendo la violencia contra mujeres, niñas y grupos vulnerables, la salud de nuestra sociedad seguirá en terapia intensiva.


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