La permanente crisis migratoria centroamericana

La nueva crisis migratoria que estamos viviendo no es consecuencia de la llegada de Joe Biden a la presidencia de Estados Unidos, ni del gobierno de la Cuarta Transformación, de Andrés Manuel López Obrador. Para entender el berenjenal en el que estamos metidos debemos partir de dos cosas que se encuentran estrecha e históricamente ligadas, una en el origen y la otra como consecuencia: la primera son las duras condiciones de vida que existen en los países del Triángulo del Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador), y la segunda, la permanente crisis migratoria que esto genera, solo con algunos pequeños matices a lo largo del tiempo, pero siempre significándose como una constante crisis de urgente atención y resolución.

Desde luego que la crisis se agudiza o se suaviza (no desaparece) en función de las respuestas que ofrecen los gobiernos de México, Centroamérica y Estados Unidos para atender el fenómeno. Además, cada dos o tres años tenemos un pico de migrantes que llegan a la frontera entre Estados Unidos y México sacudiendo las dinámicas existentes, y en muchas ocasiones las autoridades atienden esa situación desvinculándola de la migración histórica, suponiendo con ello que son incidentes aislados que se pueden controlar, sin pensar que es un proceso que debe ser visto y resuelto tomando en cuenta todos los elementos que lo produce. Precisamente, el embudo fronterizo que estamos viendo en el sur de la Unión Americana es el resultado de las estrategias puestas en marcha para enfrentar la migración por parte de todos los gobiernos inmiscuidos en este asunto.

Frente al desbordamiento de la migración de centroamericanos con rumbo a Estados Unidos atravesando nuestro país, las políticas de la Casa Blanca y las de Palacio Nacional apuntan claramente a un mayor endurecimiento en las disposiciones gubernamentales, así como un regreso al pasado inmediato (la política migratoria de Donald Trump) por parte de ambos presidentes.

Con gobiernos de derecha o “izquierda”, México seguirá siendo el muro de contención migratoria de los Estados Unidos.

En días recientes se llevó a cabo una reunión de alto nivel entre autoridades estadunidenses y mexicanas para tratar el fenómeno migratorio de centroamericanos y mexicanos hacia la Unión Americana. Las delegaciones estuvieron encabezadas por el canciller de nuestro país, Marcelo Ebrard, y Roberta Jacobson, coordinadora de la Casa Blanca para la frontera sur y ex embajadora en México. Asimismo, el presidente Biden nombró a la vicepresidenta Kamala Harris como encargada de encabezar los esfuerzos para solucionar la migración.

Lo lamentable de la reunión es que las responsabilidades entre ambos países no fueron repartidas equitativamente. Lo mismo sucedió en la reunión entre las autoridades estadunidenses y guatemaltecas. Como consecuencia de ello, tanto México como Guatemala fueron obligados nuevamente a fungir como muros fronterizos. Por parte del gobierno de la 4T, el titular de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), Luis Crescencio Sandoval, anunció el despliegue de 8 mil 815 elementos de las fuerzas armadas en las fronteras norte y sur del país, además de poner en marcha 30 puestos de revisión migratoria con tecnología no intrusiva, 347 puntos de control migratorio y ocho buques y embarcaciones para el control marítimo. También se anunciaron mayores restricciones al tránsito terrestre no esencial en nuestras fronteras. Por su parte, Guatemala confirmó el uso de miles de soldados para evitar el cruce por su territorio de migrantes hondureños y salvadoreños, así como colaborar con nuestro país en el cierre de los cruces por El Ceibo, Frontera Colosal, Salto del Agua, Las Margaritas, el Suchiate, Ciudad Cuauhtémoc, Benemérito de las Américas y otros pasos formales e informales.

La otra cara de esta última etapa de crisis migratoria que estamos viviendo es la de los miles de infantes que llegan a Estados Unidos solos o acompañados en busca de un lugar para vivir. Algunos caminan con sus progenitores, pero la mayoría lo hacen solos o en medio de un grupo de migrantes llevados por coyotes. Es la cara de los albergues con pocas camas para recibirlos mientras se tramita qué hacer con ellos en la Unión Americana. Esta crisis tiene rostro de miles de familias separadas, padres deportados que se miran obligados a dejar a sus hijos allende la frontera. Es la imagen de un sistema de asilo y visas de trabajo para centroamericanos roto desde la raíz, por lo que es incapaz de gestionar adecuadamente las miles de solicitudes que reciben; pero también es un sistema legal cuyos tribunales de migración toman demasiado tiempo para resolver los casos que tienen entre manos.

Esta crisis tiene la cara de un sistema político norteamericano que parece no estar a la altura de las circunstancias. Han apostado por el endurecimiento de la entrada para centroamericanos con respecto a los mexicanos. Una muestra de ello es que hoy 260 mil connacionales pueden pasar legalmente cada año a trabajar al vecino del norte, mientras los centroamericanos solo tienen acceso a 5 mil 500 visas de trabajo. Por otro lado, la politización de la migración en Estados Unidos va en aumento, convirtiéndose no solo en un tema nacional, sino partidista y electoral que ha comenzado a polarizar a la sociedad.

Al sur del río Bravo esta última etapa migratoria muestra comunidades desbordadas en la frontera norte de nuestro país. Autoridades municipales superadas frente a las demandas de quienes esperan el asilo en Estados Unidos. Incremento de la población en situación de calle o charoleando en las esquinas para sobrevivir.

Y más al sur las economías de Honduras, Guatemala y El Salvador devastadas por la pandemia de Covid-19, además de los dos huracanes que azotaron el año pasado a las dos primeras naciones, sin olvidar la feroz violencia callejera que continúa expulsando a miles de sus comunidades para salvar su vida, que es lo único que les queda.

Si bien Estados Unidos anunció el envío de 4 mil millones de dólares a las naciones del Triángulo del Norte, y nuestro país ha mandado cien millones de dólares para el mismo fin, no podemos suponer que los esfuerzos políticos y económicos para cambiar las estructuras políticas y socioeconómicas que generan la expulsión de miles de personas centroamericanas puedan variar en tres o cinco años; el cambio necesario para detener los flujos migratorios, si comenzamos a trabajar este año, los podremos ver al inicio de la década siguiente. No antes.

Por vía de mientras, no podemos negar que con Joe Biden solo han cambiado algunas formas, pero el fondo sigue siendo la misma política: mantener a México como muro migratorio y frontera vertical.

Por eso afirmamos que lo que estamos viviendo no es una nueva crisis migratoria; por el contrario, forma parte de la sempiterna crisis migratoria que hemos sufrido y que hoy solo muestra una cara diferente.


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