El principio del fin…

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Andrés Manuel López Obrador, uno de los mandatarios más detestables de los últimos tiempos que lo mismo ataca a la clase media que no vota por su proyecto mediocre de nación, que denosta a la prensa critica que expone sus ineptitudes y corruptelas. A mitad del sexenio, López Obrador y su gobierno se han caracterizado por endeudar al país, hacer saqueos millonarios en las instituciones del Estado mexicano y proteger a sus delincuentes.

Oscar Gastélum.

Empecemos asentando lo obvio: Andrés Manuel López Obrador es, por mucho, el peor presidente que ha tenido México. En menos de tres años logró empeorar todos y cada uno de los complejos problemas que aquejan al país y puso nuestra muy imperfecta e incipiente democracia al borde de la destrucción. Su manejo criminal de la pandemia provocó más de 600,000 muertes (y contando), la inmensa mayoría de las cuales pudieron haberse evitado. Además, empujó a más de un millón de negocios a la quiebra (“si las empresas tienen que quebrar, que quiebren”) y hundió en la miseria a más de diez millones de mexicanos. Con eso debió bastar para que los electores le asestaran una derrota histórica en los comicios del pasado 6 de junio. Pero la lista de crímenes de la bestia tabasqueña no termina ahí, pues no podemos olvidar, por ejemplo, que sus perversas ocurrencias dejaron sin medicinas a miles de niños enfermos de cáncer, provocando la muerte de cientos, una vileza que debería garantizarle el desprecio unánime de los ciudadanos decentes y un lugar en el peor círculo del infierno.

Pero vivimos en una era enferma. Millones de personas habitan realidades alternas creadas por los algoritmos de las redes sociales y por la propaganda de los emisarios de la postverdad. Y estamos hablando de un fenómeno global, no de un mal exclusivo de México. Más o menos la mitad de los norteamericanos, por ejemplo, creen que Biden llegó a la presidencia gracias a un descomunal fraude, y un porcentaje no menor está convencido de que el presidente pertenece a una cofradía secreta de pedófilos que devoran niños (en serio). Este alucinante zeitgeist ha llevado al poder a demagogos impresentables que hasta hace unos cuantos años hubieran sido inelegibles en cualquier país más o menos civilizado, y ha creado hordas de fanáticos que los siguen con fervor cuasi religioso y que jamás los abandonarán. Por eso nunca fue realista esperar que López Obrador recibiera en las urnas un castigo a la altura de sus crímenes y fracasos, pues no encabeza un movimiento político sino un culto religioso. Buena parte de sus votantes son auténticos zombis que serían capaces de sacrificar a sus propios hijos si el Caudillo lo ordenara, y millones de personas más viven atrapadas, sin saberlo, en burbujas de desinformación impermeables a la realidad.

Así pues, los ciudadanos que sí vivimos en el mundo real y que llevamos casi tres años atestiguando horrorizados e indignados la destrucción de nuestro país, debemos sentirnos muy orgullosos de la derrota que logramos infligirle a Obrador y a su secta el domingo pasado, pues no sólo nos enfrentamos a un aspirante a autócrata, ruin y todopoderoso, y a su ejército de propagandistas y muertos vivientes, sino al mismísimo espíritu de los tiempos. Afirmar que remamos contra la corriente es quedarnos muy cortos. Sí, la bestia sigue viva y coleando, y seguramente hará todo lo que esté en sus manos para concretar su proyecto autoritario. Quizá trate de comprar o extorsionar, a través de la UIF, a decenas de legisladores priistas. O tal vez termine dando un manotazo autoritario saltándose al Congreso a través de una consulta popular espuria para redactar una nueva Constitución o alguna otra locura impredecible. Sólo Dios sabe. Pero la historia nos ha enseñado que esta clase de personajes, poseídos por temperamentos enfermos, no suelen contener sus impulsos frente a la ley, las normas o las instituciones.

Pero, insisto, los ciudadanos críticos que nos oponemos a este régimen maligno podemos dormir con la conciencia tranquila, para despertar frescos y seguir luchando por la libertad y la decencia,  pues hicimos todo lo humanamente posible para frenar la destrucción de nuestra democracia y del país entero. Durante medio sexenio nos desgañitamos denunciando todas y cada una de las locuras y crímenes de esta peste disfrazada de movimiento político y terminamos convenciendo a millones y millones de compatriotas de retirarle su apoyo. La humillante derrota que el demagogo y su abyecta lacaya Claudia Sheinbaum sufrieron en la Ciudad de México merece ser catalogada como histórica. Pero nuestro mayor logro fue abrirle un inmenso boquete a la narrativa obradorista, pulverizando el mito de su invencibilidad y el de su avasallador mandato popular. Para un demagogo populista, la narrativa es como el traje nuevo del emperador y una vez que se rompe el embrujo colectivo no queda absolutamente nada.

Antes de continuar quisiera detenerme brevemente en uno de los actores secundarios, pero tristemente influyentes, de esta contienda: el partiducho conocido como “Movimiento Ciudadano”. Decía el inmortal Thomas Paine que: “Estos son los tiempos que ponen a prueba el alma de los hombres”. Y vaya que los enanos de Movimiento Ciudadano exhibieron sin pudor su alma a través de su miopía histórica y su cretinismo ético e intelectual. La historia consignará que cuando la República estuvo en peligro, los individuos detrás de ese membrete infame pusieron sus más mezquinos intereses por delante de los de la nación, pues al rechazar la alianza opositora mandaron un ensordecedor mensaje normalizador: “aquí no pasa nada, esta es una elección como cualquier otra, vivimos en normalidad democrática”. El resultado de su deslealtad republicana está a la vista: le regalaron varias gubernaturas al régimen y lo salvaron de perder la mayoría absoluta. A cambio, obtuvieron una escuálida e irrelevante bancada en la Cámara de Diputados (ese contrapeso esencial) y lograron una ridícula victoria pírrica catapultando a un neanderthal descerebrado a la gubernatura de Nuevo León. Pero los ciudadanos con memoria jamás olvidaremos que los líderes y dueños de la rémora naranja fungieron como los aliados más importantes de un aspirante a tirano en esta hora aciaga, salvándolo de una derrota mucho más contundente, ni que colaboraron en la degradación de nuestra comatosa democracia elevando a un personaje ínfimo, que debería ser parte del “elenco” de Acapulco Shore, a una posición de poder para la que está claramente incapacitado.

Pero quisiera cerrar enumerando los frutos más dulces y luminosos que nos dejó la jornada electoral: Confirmamos que el INE es la joya de la corona de nuestra democracia, una institución de lujo que ya quisieran hasta los países más avanzados del mundo, y el resultado del domingo levantó una muralla a su alrededor que impedirá que el demagogo le ponga sus mugrosas pezuñas encima. La clase media finalmente despertó, se dio cuenta de que en 2018 ayudó a encumbrar a su peor enemigo y le puso una tunda salvaje en varios centros urbanos, incluyendo desde luego su bastión: la CDMX. Indudablemente, el demagogo fue el gran perdedor de la jornada, pues los ciudadanos destruyeron su sueño de obtener una aplanadora legislativa para pasarle por encima a la Constitución, al árbitro electoral y a otras instituciones autónomas. Los treinta millones de votos que tanto cacarearon la bestia y sus paleros se encogieron a la mitad y Morena no podrá ni aprobar el presupuesto sin pagarle una generosa cuota a las prostitutas del Partido Verde. Y por último, pero no menos importante, la oposición recibió más sufragios que el régimen, una auténtica proeza en esta oscura era de postverdad y demagogia rampante.

Sí, triunfó la democracia liberal sobre el populismo rascuache, la verdad sobre la postverdad, la razón sobre las emociones más bajas, la decencia sobre la vileza criminal. Y obviamente no estoy hablando de los partidos políticos que sirvieron de vehículo para esta victoria, sino de los ciudadanos que los usaron como alfiles en la batalla por el alma del país. Y ojalá que dichos partidos estén a la altura de la ciudadanía que los salvó de la extinción, para que la próxima vez votemos por ellos con genuino entusiasmo y no con trepidante incertidumbre. Tomémonos unos días para celebrar, lo merecemos, pero tenemos que estar conscientes de que esto está muy lejos de haber terminado. Mientras la bestia siga viviendo en Palacio Nacional y no en su rancho, la República estará en peligro, y sobra advertir que todavía puede hacer muchísimo daño con el poder discrecional de la presidencia. Ganamos una batalla crucial, pero vienen pruebas tan o más duras. Vale la pena pelearlas pues el futuro de nuestro país y el de nuestros hijos está en juego…

(oscargastelum.substack.com).


 

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