DESDE LAS BURBUJAS DEL PODER

Un año más de gobierno… y la narrativa de siempre

Luis Alfredo Rangel Pescador

Esteban Villegas Villarreal llega a su cuarto año de gobierno. Cuatro años, 48 meses, aproximadamente 1,460 días. Tiempo suficiente para gobernar un estado, transformar algunas cosas y, por lo menos, dejar señales inequívocas de que las promesas de campaña no eran solamente parte del paisaje electoral.

Pero en Durango parece que la fórmula ha sido otra: anunciar, inaugurar, fotografiar y volver a anunciar. La narrativa oficial seguramente volverá a hablar de avances históricos, inversiones extraordinarias, generación de empleos, modernización, transformación y un futuro que, por alguna extraña razón, siempre está a punto de llegar.

El problema es que entre el discurso y la realidad existe una pequeña distancia: Durango.

Porque mientras el gobierno presume resultados, en la percepción de muchos ciudadanos se acumula otra cuenta: cuatro años de desencuentros, problemas de seguridad, economía estatal con dificultades y una larga colección de anuncios que todavía buscan convertirse en resultados.

Y qué decir del famoso gobierno de coalición PRIAN.

Aquello que prometía pluralidad, equilibrio y experiencia terminó pareciéndose más a una fotografía de familia en la que algunos aparecen muy discretamente al fondo, procurando no llamar demasiado la atención.

Los pocos funcionarios identificados con el PAN parecen haber descubierto una nueva modalidad de participación política: estar, pero no estorbar; cobrar, pero no hacer demasiado ruido; y, sobre todo, evitar que alguien recuerde que forman parte de la coalición.

La prudencia administrativa, le llaman. Otros podrían llamarle simplemente supervivencia burocrática. Y así llegamos al cuarto año con la esperanza renovada de que ahora sí.

Ahora sí llegará la inversión.

Ahora sí despegará la economía.

Ahora sí se resolverán los problemas de seguridad.

Ahora sí habrá desarrollo regional.

Ahora sí se cumplirá el Plan Estatal de Desarrollo.

Ese “ahora sí” ya parece haberse convertido en una política pública.

Mientras tanto, cada año aparece una nueva narrativa para explicar por qué lo prometido todavía no termina de llegar. Y cuando alguna obra finalmente se concreta, se presenta como si Durango hubiera descubierto la rueda.

Hace años, el entonces gobernador Maximiliano Silerio Esparza pronunció una frase que quedó para la historia: “La democracia cuesta”.

Tenía razón.

Lo que probablemente no imaginó es que, con el tiempo, algunos aprenderían a interpretar la frase de una manera mucho más generosa: la democracia cuesta, pero las canonjías cuestan todavía más cuando se utilizan para garantizar mayorías cómodas.

Diputados, regidores y funcionarios parecen entender perfectamente aquello del “piso parejo”, especialmente cuando hay que preparar el terreno para quien venga de visita, sea huésped del Bicentenario o cualquier otro visitante distinguido.

Y así, entre ceremonias, fotografías, discursos y aplausos cuidadosamente distribuidos, Durango llega al cuarto año.

La pregunta incómoda es muy sencilla: ¿Qué queda después de retirar el escenario?

Porque gobernar no es solamente tener buenas fotografías, anunciar inversiones o colocar primeras piedras. Gobernar significa que la gente pueda sentir en su bolsillo, en su seguridad, en sus oportunidades y en su calidad de vida que algo realmente está cambiando. Y ahí es donde la narrativa comienza a hacer agua.

Quizá el quinto año sea diferente.

Quizá ahora sí.

Quizá aparezca finalmente ese Durango moderno, próspero, seguro y competitivo que se anunció desde la campaña.

O quizá tengamos que conformarnos con otra conferencia de prensa para enterarnos de que el futuro ya casi llega.

Lo verdaderamente preocupante no es que un gobierno tenga problemas. Todos los gobiernos los tienen. Lo preocupante es que, después de cuatro años, la explicación parezca estar más desarrollada que los resultados. Durango no necesita otra narrativa. Necesita resultados. Porque los discursos no generan empleos, las fotografías no producen inversión y las inauguraciones no sustituyen una estrategia de desarrollo.

Y mientras desde el Palacio se prepara seguramente el balance triunfal del cuarto año, allá afuera, en la calle, existe otro balance. Ese no lo redactan asesores. Lo redactan los ciudadanos. Y quizá sea mucho menos complaciente.

Cuatro años después, la pregunta ya no es “¿ahora sí?”.

La pregunta es: ¿Cuánto tiempo más habrá que esperar para que el gobierno deje de anunciar el Durango que viene y empiece a entregar el Durango que prometió?