Rubén Aguilar Valenzuela.

El PRI no crece en el número de sus simpatizantes, y todo su trabajo se reduce a mantener y alimentar su voto duro, que ronda en 30%, mismo que se distribuye en porcentajes semejantes en las distintas regiones del país. En un primer nivel de análisis, esos números le garantizan ganar la próxima elección federal, por debilidad de la oposición, pero esconden la realidad del partido en el poder.

En el 2012, el regreso del PRI a la Presidencia no le ha implicado el crecimiento de sus seguidores. Cuando un partido, para el caso el PRI, asume que ya no tiene capacidad de convencer a más electores que su voto duro, acepta que ahora sólo le toca usufructuar, es su única posibilidad, lo que construyó en el pasado, y vivir de sus rentas hasta que éstas se agoten.

En los dos y medio años que van del sexenio, el presidente y su partido han tenido una baja valoración, en torno a 40% para el caso del presidente; hay encuestas que lo sitúan todavía más abajo, y en la sociedad se ha consolidado la imagen, misma que tiende a crecer, de que este gobierno y los priístas en general son corruptos, frívolos y dispendiosos.

La estrategia electoral del PRI ante este escenario ha sido la de concentrar todos sus esfuerzos en mantener amarrado su voto duro a través de distintos tipos de dádivas, pero sin hacer ningún esfuerzo; lo consideran inútil para ampliar el número de sus simpatizantes. Confía en que su estructura, de su yo más fuerte que la de los otros partidos, sea capaz de sacar a sufragar a sus “bases” el día de la elección.

Si el PRI ya no puede crecer, y todos los datos indican eso, hace evidente que en el futuro próximo ya no tendrá posibilidades de hacerse del poder. Ahora lo previsible es que el voto duro se va a seguir reduciendo, tal como ha ocurrido en los últimos 25 años. Los porcentajes acumulados históricamente le han permitido mantenerse y ganar, pero un día, que está próximo, los porcentajes del voto de sus simpatizantes ya no se lo van a permitir.

Hoy, si la oposición se une, cosa que no se ve fácil, pero tampoco imposible, el PRI perdería las elecciones federales del 2018 y buena parte de los estados que ahora gobierna. Si el PRI no cambia su manera de hacer política, de gestionar el poder y su forma de acercarse a la sociedad, no podrá crecer, y de esta manera sólo obtendrá el poder mientras le den los números de su voto duro.

Si el PRI no se transforma, ahora no se ve cómo, está en camino a su fin como instancia hegemónica. El volver a la Presidencia, que implica el regreso de viejas prácticas, marca el inicio de esta etapa y no la de su expansión. La posibilidad de triunfar en las elecciones ya no depende del PRI, sino de la debilidad de la oposición. Ella tiene la palabra.

(CRONISTA DIGITAL).

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