Cuando el ICED se salvó de desaparecer

    Sergio Delgado.

    A mediados de 2002, el Instituto de Cultura del Estado de Durango (ICED) estuvo a punto de desaparecer. Ocurre que en junio de ese año, a quien fuera el primer director general, el Lic. Héctor Palencia Alonso (q.e.p.d.) le llegó la instrucción del entonces gobernador del estado, Ángel Sergio Guerrero Mier, de rescindir la relación laboral al personal de honorarios; es decir, a los 180 trabajadores que fuimos propiamente los fundadores del instituto, algunos contratados directamente por el Lic. Palencia, como este servidor; otros, parientes directos de él o hijos de amigos suyos, como Ricardo Milla; y el resto recomendados de políticos influyentes.

    Como es de suponerse, la instrucción de despedirnos nos cayó como balde de agua fría en plena canícula porque independientemente de que los 180 ya teníamos 3 años trabajando en el instituto, el Lic. Palencia nos había asegurado basificarnos y mejorar sensiblemente nuestros salarios, de suyo y por lo general sumamente bajos, ofrecimientos que nos hacían ser puntuales, faltar lo menos posible y esmerarnos en el buen desempeño de nuestras respectivas responsabilidades. Por todo esto, nos pareció de lo más inmerecido e injusto que de buenas a primeras y sin argumentos morales ni legales se nos quisiera mandar a la calle, pues, conforme a la Ley Federal del Trabajo, ya habíamos acumulado antigüedad y méritos como para acreditar el derecho a una plaza de base. Ahora que cuando vamos sabiendo que se nos iba a correr sin liquidarnos, es decir, pagándonos solamente los días trabajados, lo que decidimos fue lo que lógica y políticamente procedía: reunirnos en asamblea para iniciar la lucha contra el despido y por lo que ya legalmente merecíamos.

    La verdad de esa lucha fue que la dimos unos cuantos, de ahí el éxito a medias de la misma, porque de los 180 que éramos, sólo 90 conservaron el trabajo; los otros 90, entre los cuales estábamos los más combativos, fuimos despedidos, aunque no salimos con las manos tan vacías porque, como le dimos buen juego en los medios a nuestro movimiento, conseguimos la liquidación, que nos permitió sobrevivir económicamente seis meses. De los que se quedaron hay que decir que fueron los “orejas” y los pusilánimes, los que no participaron en las acciones de resistencia, como las marchas por las calles céntricas de la ciudad y los plantones en la IV Centenario, en donde llegamos a decirle a Guerrero Mier abogado renegado de su profesión, porque su determinación de despedirnos era claramente violatoria de la Ley Federal del Trabajo.

    Ing. Socorro Soto Alanís, directora del ICED, todavía no despide a toda la mafia de funcionarios que saquearon este instituto durante los gobiernos priístas y ya tiene en su nómina a personajes con antecedentes graves de corrupción, como el Coordinador de Patrimonio Cultural, Alberto Ramírez Ramírez.
    Ing. Socorro Soto Alanís, directora del ICED, todavía no despide a toda la mafia de funcionarios que saquearon este instituto durante los gobiernos priístas y ya tiene en su nómina a personajes con antecedentes graves de corrupción, como el Coordinador de Patrimonio Cultural, Alberto Ramírez Ramírez.

    Del ICED que nosotros fundamos hay que decir que nació preñado por la corrupción vía los “aviadores”, unos de los cuales los heredó, otros sí los parió, todo lo cual reconoció públicamente el Lic. Palencia en un careo con este servidor en el patio central del Ex Internado Juana Villalobos e inteligentemente provocado por Verónica Terrones como reportera estrella del Canal 10, y quien luego de esa confrontación verbal con mi jefe inmediato me dio licencia para hablar 20 minutos en su noticiario de las razones y los objetivos de nuestra lucha. Recuerdo haber dicho ahí que mientras en el Instituto se quedaban los que cobraban sin trabajar, los “aviadores”, esos que el personal de vigilancia veía de lunes a viernes solamente checar, a nosotros, los que sí trabajábamos y no faltábamos, nos mandaban a la calle.

    Hago esta remembranza porque fue gracias a esos 90 que dimos la pelea contra nuestro arbitrario despido que el ICED no desapareció, que todavía existe, aunque sobrecargado de burócratas o con un manejo administrativo que lo tiene en una situación similar a la federal Secretaría de Cultura (antes CONACULTA), en la que el 70% del presupuesto se va en pagar burocracia quedando para lo que es la razón de ser de dicha dependencia un raquítico 30%. Hoy, en el ICED tenemos más personal del que se necesita (lo dice Fernando Andrade Cancino en el último libro de Miguel Palacios Moncayo sobre la cultura en Durango) y salarios para la cúpula burocrática que no están en consonancia con lo que sobre todo del gobierno federal recibe el instituto, que es, si lo ponemos en relación con sus múltiples responsabilidades, realmente poco.

    Y de esta inflación espectacular de la nómina y de la rampante corrupción ahí, son responsables tanto los gobernadores Ismael Hernández Deras y Jorge Herrera Caldera, como sus elegidos en el ICED. Otro gallo nos cantaría si hubiera al interior de éste una digna representación colegiada de la comunidad artística y cultural del estado, que fuera la responsable de 1) Elaborar el programa anual de actividades, 2) Decidir la aplicación de los recursos conforme a dicho programa, y 3) vigilar que esto se cumpla.

    Para terminar, quiero decir que por el despido de los 90 buenos y valientes trabajadores a los que el ICED nos debe que siga con vida, no hubo en los medios, ya no digamos un desplegado de protesta: ni siquiera una mínima condolencia. Y de los 90 compañeros que salvamos del despido, hay que decir, por último, que si bien la mayoría no han sido hasta la fecha basificados, el hecho de que el instituto, gracias a nuestra lucha, no haya desaparecido, y de que con Ismael aumentara sensiblemente su presupuesto (como también su corrupción) se tradujo para ellos en una mejoría sensible de su situación laboral, en lo económico y en lo jurídico. Algo es algo.

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