La Casa de las Rosas

La vida es como un sándwich: tienes que llenarla con los mejores ingredientes.

Edificado en el siglo XVIII con un estilo ecléctico Porfiriano, único en la ciudad de Durango, su puerta principal se encuentra ubicada en la calle de Juárez, todas las ventanas de la planta alta llevan un sutil y bien trabajado diseño de rosas, de ahí que se le conozca como “La Casa de las Rosas”. En la actualidad mantiene su forma original.

Desde 1982, el señor Salvador Salum (q.e.p.d.) instaló una cafetería para que sus amigos tuvieran un lugar para ir a tomar café y platicar lo último que acontecía en la sociedad duranguense. El nombre de “El Zocabón”, dado a esta cafetería y restaurante que este edificio aloja en su planta baja, hasta la fecha no se sabe si fue un error de dedo en la falta de ortografía o se lo pusieron intencionalmente para que fuera recordado.

Este lugar se caracteriza por sus pasteles, sus guisos típicos, por su caldillo durangueño con su chile pasado y carne de res, sus gorditas, por sus manteles a cuadros, por sus enchiladas de mole dulce con queso de la región, por sus tortillas recién hechas, pero sobre todo por su delicioso café y sus deliciosas galletitas. Estando ahí me atendió una señora llamada Rosy (y aprovecho esto para enviarle también mi agradecimiento a Betthy por su cordialidad y amabilidad, ya que en días pasados tuve la oportunidad de regresar a Vips y fue quien me atendió llevándome café siempre con una sonrisa y amable disponibilidad) quien me entregó la carta de platillos, bebidas y postres olvidándose de llevar el menú del día, que contiene dos platillos tanto de primera y segunda entrada, y por el mismo costo incluye postre.

Antes de probar mis sagrados alimentos fui al baño a lavarme las manos, el cual está muy limpio, el despachador de jabón es funcional al igual que la cantidad de papel para secarse las manos. Me agradó la música, así como el volumen ya que se puede platicar muy a gusto sin tener que alzar la voz ni estar preguntando “¿qué dijiste?”.

Me decidí por una crema de zanahoria, misma que no llevaba sus tradicionales profiteroles y carecía de sabor. Al momento de llevarte el servicio, que consta de unos totopos, salsa y cubiertos, si pides refresco te llevan la botella mas no te lo sirven en el vaso, y esto es una de las funciones más elementales de cualquier mesero.

Entre el bullicio de la gente, llama la atención una campanita que hacen sonar al momento de que el plato está servido, listo para llevarse a la mesa, llama la atención también que la preparación de alimentos puede verse perfectamente ya que la cocina tiene vidrios y uno puede ver cómo preparan y sirven los platillos.

En el segundo plato (nadie se lleva los “muertos”, así se le llama a la loza que está sucia en las mesas, hasta que te llevan el segundo plato), que fue una “pechuga de pollo rellena de nuez”, aunque es a la plancha no le espolvorean algo de condimento ni sal, aparte no es rellena pues tiene como base otro pequeño trozo de pollo con algunas muy pocas nueces trituradas que al momento de partir la carne apenas logras llevarte en el tenedor alguno que otro trozo de nuez; el arroz me pareció que estaba mezclado con alguno que quedo de días anteriores porque llevaba pedacitos un poco duros, los frijoles algo ahumados pero comibles.

El postre fue “Mousse de guayaba”, mismo que al no estar colada la fruta es poco agradable porque se muerde alguna que otra semilla. No cuenta con internet ni enchufes, por lo que no puedes conectar tu celular o tu laptop.

Vale la pena conocer el lugar, pero no lleves muchas expectativas, sobre todo si eres “cafetero”, así se nos llama a quienes tenemos la bonita costumbre de ir a tomar esta bebida, y sobre todo a los que nos gusta que nos estén sirviendo por un mismo costo el famoso “reffil”, que en algunos restaurantes sigue prevaleciendo, pero en este caso a la tercera taza te cobran otro café, así que es mejor que lo pienses antes de ir si eres cafetero.


 

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