La inversión privada a petroquímica

La economía mexicana lleva años petrolizada. A pesar de políticas fallidas pésimamente puestas en marcha, la apuesta hoy por hoy continúa siendo el petróleo. Seguramente será así hasta acabárnoslo. Es cierto que la diversificación de nuestra economía es cada vez más intensa, no por ello el “oro negro” ha dejado de significar un pilar imprescindible para las finanzas públicas. La paradoja de todo ello es que a pesar del papel fundamental de Petróleos Mexicanos (Pemex) en la vida nacional, a lo largo de los años se ha hecho hasta lo imposible por acabarlo.

La petrolera ha soportado la corrupción sindical, los “accidentes” en los campos petroleros y en las oficinas administrativas, la reducción de su personal de campo, golpes al sindicato, saqueo destinado a pagar campañas electorales priistas, pulverización del Instituto Nacional del Petróleo, contratos con la iniciativa privada que claramente perjudican a la empresa paraestatal y políticas fiscales que favorecen la ordeña y restringen la inversión, entre otros muchos atropellos. Aun así, Pemex sigue en pie. Tambaleándose, pero en pie.

Hoy la realidad petrolera de México se caracteriza por una baja productividad en su planta laboral, reflejada en una disminución de la producción que coloca a Pemex muy lejos de las grandes petroleras estatales y privadas del mundo. Nuestra refinación es limitada, cara y obsoleta. Las reservas 3P (Probadas, Probables y Posibles) se agotan, quedan pocas y es costosa su exploración y explotación. Nuestras reservas han descendido en los últimos seis años de 43 mil 800 millones de barriles de petróleo crudo a únicamente 21 mil 100 millones (La Jornada, 28 de julio de 2019). La sangría continúa, y no hay ingresos que soporten que 70% de los recursos que llegan a Pemex salgan vía impuestos.

Como en cada gobierno federal, por lo menos desde el sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988) se presenta el plan maestro que fortalecerá a Pemex y conseguirá convertir a la paraestatal en una empresa competitiva a nivel mundial. En esta ocasión la administración de Andrés Manuel López Obrador hizo lo propio: anunció el plan para rescatar a Pemex.

El plan fue aprobado por el consejo de administración de la petrolera, luego de conocerlo y escuchar el diagnóstico sobre el estado de la paraestatal: la caída en la producción hasta en 507 mil barriles diarios en enero pasado y una deuda de más de dos billones de pesos. A pesar de generar millonarios ingresos, el peso de los impuestos y el servicio de la deuda empequeñecen los recursos y aumentan el déficit financiero. Es decir, pasamos del “debemos aprender a administrar la abundancia” de José López Portillo, al “se acabó la gallina de los huevos de oro”, de Enrique Peña Nieto.

De cara a esa realidad, el plan lopezobradorista de la 4T contempla reducir la aportación de Pemex al presupuesto federal, aumentar la inversión e incrementar la producción; con ello, en la segunda mitad del sexenio habrá las condiciones para que la petrolera vuelva a contribuir al presupuesto nacional. La estrategia cruza por una reforma a la Ley de Ingresos sobre Hidrocarburos que reduzca la tasa del Derecho de Utilidad Compartida (DUC) mediante un esquema gradual de 7% para 2020 y 4% para 2021, con lo cual se pasaría de una tasa de 65% a 54% en 2021. En cuanto al plan de inversión, el gobierno federal aportará el capital necesario para la construcción de la refinería de Dos Bocas entre 2019 y 2021. Se proyectan establecer contratos de servicios de largo plazo para la producción de petróleo y la recuperación de la capacidad de las refinerías. El plan asume el cumplimiento de los 107 contratos de las rondas petroleras derivadas de la reforma energética. El objetivo es incrementar la producción a niveles de dos millones 697 mil barriles diarios en el último año de la administración, tomando en cuenta que en 2018 la producción fue de un millón 823 mil barriles (Proceso en línea, 22 de julio de 2019).

El plan para rescatar Pemex no concluye ahí. La semana pasada se establecieron entre el gobierno de la República, el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y el Consejo Mexicano de Negocios (CMN) las reglas básicas para la inversión privada en el sector energético. El acuerdo consiste en abrir el sector energético a la inversión privada, específicamente en petróleo, gas, electricidad, energías renovables y petroquímica, con lo cual a partir de ahora todo el capital que se invierta en la petroquímica provendrá de la iniciativa privada, y la participación del sector público se reducirá a las plantas de La Cangrejera y Pajaritos (La Jornada, 23 de julio de 2019).

La mesa de diálogo la coordinará el Jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, con lo cual aumenta el poder del funcionario en el primer círculo lopezobradorista. Frente al cambio de estrategia del presidente, los empresarios suavizaron su discurso y dejaron de hablar de recesión económica, para solo afirmar que tenemos una reducción del crecimiento pero que se podrá revertir en poco tiempo con la llegada de inversión privada nacional y extranjera.

Este último pasaje del acercamiento entre empresarios y gobierno, vino a moderar los comentarios en torno a las dudas que había generado la semana antepasada el plan de rescate de Pemex. Hoy por hoy, lo relacionado con la política petrolera y los negocios que se vislumbran en el mediano plazo, transforman en miel sobre hojuelas los encontronazos entre empresarios y el presidente de la República.

Evidentemente, no podemos negar los pobres resultados de Pemex luego de la reforma energética de Enrique Peña Nieto: cayó la extracción de crudo, se incrementó la deuda, se desplomaron las reservas probadas y su restitución, crecieron las importaciones de petrolíferos y tuvimos una casi nula explotación de nuevos yacimientos.

Eso es una cosa, pero muy otra es que cuando se vislumbran negocios al amparo del erario la iniciativa privada se acomoda a los designios gubernamentales. Cuando al empresariado se le cierra la llave de los recursos, las cúpulas de acaudalados se tornan críticas y escépticas con las administraciones en turno. En tanto se les aleje del presupuesto miran nubarrones en el camino. A lo largo de los sexenios ha sido así, y en la 4T no tendrían por qué cambiar las cosas. La apertura a la inversión privada en el negocio de la petroquímica les da la razón. Los dueños del dinero saben cuándo y dónde apretar para conseguir lo que buscan. Los gobiernos están ciertos de lo que pueden ceder para recibir el espaldarazo de los potentados. Las nuevas disposiciones para que la iniciativa privada aproveche el negocio de la petroquímica son una muestra clara de ello. Gobierno y empresariado terminan ganando. La pregunta siempre será si también gana la población.


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