¿Cambio de régimen?

El primero de septiembre pasado el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, dirigió un mensaje a la nación con motivo de la entrega de su Primer Informe de Gobierno. Seríamos demasiado ingenuos si hubiésemos querido escuchar en un discurso, más bien breve, la numeralia que muestre, al menos cuantitativamente, el estado que guarda el país. Por el contrario, podemos esperar que la pieza discursiva sea entendida como una toma de posición con respecto a cómo se mira y se pretende aprehender la realidad nacional.

De los decires, asistimos a muchos que referían la “buena” marcha que lleva la República y algunos otros que ofrecían una “crítica” ante lo famélico de los resultados obtenidos por el gobierno de la Cuarta Transformación (4T). No obstante, hubo una clara afirmación a la cual nos referiremos en los siguientes párrafos. Dijo el presidente López Obrador, que, con su llegada a la primera magistratura del país, nuestra sociedad ingresó a “un nuevo régimen”. “No estamos frente a un nuevo gobierno, sino ante un cambio de régimen”, sostuvo sin ambages frente a los quinientos invitados en Palacio Nacional.

Si bien en las afirmaciones numéricas del Informe de Gobierno encontramos algunas inconsistencias, éstas refieren más a la forma y menos al fondo. En cambio, cuando se afirma que hemos transitado a un nuevo régimen político, la forma pierde peso ante el fondo. Lo primero tiene que ver con el cristal con que se mira, lo segundo, con lo que se quiere observar.

Un nuevo régimen político no implica solamente construir la narrativa de su naturaleza, sino poner en marcha las prácticas que concretan el discurso de su esencia.

Bajo esta lógica, el gobierno de la 4T solamente ha presentado un catálogo de metas por alcanzar, apelando a una revolución de las aspiraciones cuyo resultado permita que los habitantes del país accedamos de manera equitativa a los recursos y a las oportunidades que generamos. Desde luego, no negamos la necesidad de repartir de mejor manera los recursos económicos y políticos; sin embargo, hasta este momento la administración lopezobradorista ha insistido en poner en marcha programas que apuntan más a una transformación de la sociedad civil, y menos a una que construya las bases para organizar de otra manera a la sociedad política y establezca nuevas reglas para el acceso, la posesión y el uso de poder político.

No se puede hablar de “cambio de régimen” compartiendo el poder con quienes siempre caen parados después de cualquier sacudida política.

Al revisar la historia y la naturaleza del sistema político mexicano, con las presidencias panistas y la morenista incluidas, no queda duda que el andamiaje que lo sostiene desde finales de la década de los años veinte del siglo pasado es priista (uniendo en esa acepción tanto al PNR como al PRM, y desde luego al PRI). Con la llegada del PAN y Morena a la presidencia de la República, lo más que hemos alcanzado es un cambio de colores en la nomenclatura política y algunas pinceladas positivas en la manera de administrar el gobierno. Pero en esencia, nuestro régimen político ha continuado su andar por las mismas veredas desde hace casi un siglo.

Pieza angular de la manera de construir la política gubernamental y partidista en México han sido las prácticas clientelares, imaginadas y puestas en marcha por los fundadores del PNR, y que no han sido abandonadas por la presidencia de la 4T. Todo lo contrario, las condiciones clientelares para acceder a los recursos económicos que consigan oxigenar las alicaídas economías familiares, se significan como una pieza angular en el andamiaje entre los gobiernos anteriores a López Obrador y la misma presidencia morenista. A no dudar, la clientela política que caracterizó los gobiernos anteriores sigue aceitando al gobierno de AMLO.

En tanto no cambien las relaciones de poder entre los gobernantes y los gobernados, y continúe existiendo la diferencia entre las facultades constitucionales de los encargados del poder Ejecutivo y su amplio poder político, la convivencia entre los actores de la sociedad irá más allá de lo señalado por la Constitución, justo como la vivimos antes de la llegada de López Obrador a Palacio Nacional.

Si se insiste tanto en que hemos arribado a un cambio de régimen, podrían comenzar remplazando a los poseedores del poder, a los miembros de los “equipos” históricos que han regenteado el poder en nuestro país. Esa clase gobernante que sin importar que tan intensa sea la sacudida siempre caen parados. Siempre encuentran la manera no solo de seguir viviendo del presupuesto, sino de que no cambien las formas de hacerlo.

Como en los gobiernos anteriores, hoy la separación entre la sociedad y la ley sigue engendrando la ficción democrática del régimen político mexicano. En esencia, la relación entre el presidente de la República y los poderes de la Unión, así como con los ejecutivos estatales y el partido Morena sigue una lógica muy similar a los tiempos priistas, recordados en todo momento por la máxima de Fidel Velázquez: “nos leyó la mente señor presidente”. Aunque el discurso de las mañaneras cotidianas sea que las formas han cambiado, la relación entre los poderes se mantiene casi intacta en comparación con las presidencias anteriores. El uso patrimonialista y personalísimo del presupuesto como moneda de cambio para obtener los apoyos necesarios para el diseño de país que se desea, sigue marcando los tiempos del quehacer legislativo federal y de los ejecutivos estatales.

Desde luego que el régimen anterior no lo podemos borrar de un plumazo, y mucho menos con base en discursos, porque en él se encuentra una parte fundamental de la semilla del actual gobierno; y no nos referimos solo a las personas, sino a la manera de accionar la administración pública y las políticas partidistas. El régimen priista se significa como el precursor del gobierno morenista, que si bien éste se alza contra aquél no puede negar que de aquellas entrañas surgieron diversos elementos que hicieron posible la aparición del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

El anuncio de un nuevo régimen nos parece sobredimensionado. No así la idea de construirlo. La posibilidad de tenerlo y acceder a un México mejor. Esto no está a discusión. Solo que una cosa es hablar de un “nuevo régimen político” y muy otra confundirlo con una manera diferente de gobernar bajo los lineamientos del régimen anterior. Lo lampedusiano se ha vuelto la esencia de nuestro sistema político mexicano, simular que todo cambia para que todo permanezca igual. Pareciera que ese gatopardismo será una pieza angular del “cambio de régimen” al que hace referencia López Obrador.

Por vía de mientras, tampoco podemos desdeñar algunos aciertos que ha tenido el gobierno de la 4T, sobre todo en lo que tiene que ver con la puesta en marcha de varios programas sociales, el incremento del salario mínimo y la disciplina fiscal, el incremento en las reservas del Banco de México y el control de la inflación y la paridad peso-dólar. Pero de eso a decir que ya estamos viviendo en un nuevo régimen político existe un trecho, que por el bien de la salud de la República deberíamos recorrer rápidamente dejando de lado la narrativa maniquea de los buenos y los malos ciudadanos, en función de sus preferencias electorales y simpatías o fobias hacia el inquilino de Palacio Nacional.


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