La Leyenda de Analco

Yo soy de Durango, palabra de honor, en donde sus hombres son hombres formales y son sus mujeres puro corazón. Nací en Tierra Blanca, cerquita de Analco…

Así dice uno de los fragmentos del maravilloso “Corrido de Durango”, compuesto por Miguel Ángel Gallardo allá por el año 1943 y dedicado a “Los Dorados de Villa”. De acuerdo a los conocedores, la mejor interpretación de este corrido ha sido la del “Charro Avitia”.

Comienzo con esta introducción porque todos conocemos la letra de nuestro corrido, y que mejor inicio para platicarles mi experiencia en un nuevo restaurante de nuestra ciudad, ubicado precisamente en uno de sus barrios más antiguos, como es el de Analco.

Este lugar se encuentra en una casona del siglo XIX de techos muy altos con vigas y cuartos amplios y seguidos; en el centro de esta casona hay un patio pequeño con su piso original.

Por lo que se puede apreciar en la decoración, sus muebles son típicos de la época y pertenecieron a una familia bastante adinerada de aquellos tiempos.

Lo que me llamó la atención es que aunque el lugar se abre solo para desayunos, en la parte donde están los baños para hombres (que por cierto están muy limpios aunque no contaban con papel para secarse las manos) acomodaron en un cuarto contiguo un billar listo para que te pongas a jugar, imagino mientras esperas tus alimentos. Ese espacio me pareció muy original porque generalmente esas mesas las vemos en algún bar para la “conbebencia” con los amigos.

El mobiliario es de madera, no puedo decir que sea rústico en si porque no está trabajado, sus sillas son cómodas ya que tienen un cojín y un respaldo para que no te incomode o canse el estar sentado, aunque el servicio es rápido y el lugar es bastante agradable. En cuanto a su ambientación, créame que aunque el lugar es grande se siente una armonía muy grata, como grato es el trato de la chica que atiende, siempre con una sonrisa y muy amable.

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Llegué casi cuando estaban por cerrar, pero nunca me hicieron ese comentario ni me apuraron para tomar la orden, que fue dos hot-cakes de tamaño aceptable, mismos que te los llevan con su mantequilla y miel, de una textura muy suave. También ordené unos blanquillos con yema (comúnmente llamados estrellados) montados en unos chilaquiles verdes con los totopos suaves y una salsa con sabor típicamente casero, al igual que la porción de frijoles con queso, también muy sabrosos. El café de olla en su punto, de canela con azúcar o piloncillo, ¿y sabe qué? ¡¡tiene refil!!

La musicalización muy agradable, no así el volumen ya que estaba un poco alto y al momento de platicar tienes que alzar la voz.

Muy buena su iluminación y los precios increíblemente bajos, así que si te gusta visitar lugares de comida nuevos y sobre todo apoyar a los empresarios locales te sugiero que vayas a “La leyenda de Analco”, al que en esta ocasión le doy dos tenedores.


 

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