Tatas

Tus clientes no te querrán por dar un mal servicio, pero tus competidores sí.

¿Por qué tenemos la costumbre de dejar propina? Bueno, se dice que las propinas se originaron en Inglaterra, en el siglo XVI, cuando los huéspedes dejaban dinero a los empleados de sus anfitriones.

Pagar más a pesar de que no estamos obligados a hacerlo parece ir en contra de nuestro propio interés. Esta práctica se ha extendido por todo el mundo, pero cualquiera que haya viajado sabe que las costumbres que rodean a las propinas (como saber cuándo darlas, cuánto hay que dejar, a quién y por qué) difieren de un lugar a otro, por ejemplo: en Estados Unidos es común darle entre 15% y 25% a un camarero; en Brasil 10%; en Suecia entre 5% y 10%, y en nuestro país oscila entre el 10 y el 15%. Los mexicanos nos basamos más en el servicio y la atención que el mesero o mesera nos brinda para saber cuánto dejar.

Esta costumbre arraigada en Occidente es poco común al otro lado del mundo, como en Japón, donde es casi un tabú y a veces puede llevar a la confusión sobre quién ha dejado dinero, por qué y a quién.

Hablando sobre las propinas todos tenemos diferentes motivos para entregarlas, por un lado el querer fomentar un mejor servicio en la próxima visita, por otro para recompensar y/o complacer a quien la recibe, o sólo por obtener una aprobación social, que generalmente es por lo que lo hacemos, aunque el motivo de dejarla no nos satisfaga.

El conversar sobre esto se da a raíz de los diferentes lugares a los que he tenido la oportunidad de ir a conocer para platicarles mis experiencias sobre ello. Pues déjame decirte Acá entre Nos que el lugar al que fui a desayunar se encuentra en Av. General Lázaro Cárdenas Núm. 115 Fracc. Del Lago. Sí, en pleno centro de la ciudad.

Al ingresar me surgieron algunas dudas: ¿es desayunador?, ¿restaurante?, ¿bar?, pues de entrada el primer aroma que percibes al llegar no es precisamente el de alimentos, es más bien el olor característico de lugares donde se ingieren bebidas embriagantes, y aunque la ley antitabaco expedida en 2009 prohíbe que se pueda fumar en lugares cerrados, en este sitio parece que no hubiera llegado dicha normativa; la peste era tanta que se impregnó en mi ropa. Total, me quedé porque estaban desayunando unas señoras, sólo eso me dio algo de confianza, ¡pero qué error! La señorita que atiende es cortés, pero eso no le quita lo malhumorada. El menú es una copia a blanco y negro, tamaño oficio. No me gusta poner en evidencia las experiencias negativas de los lugares a los que he ido a comer, menos si son de emprendedores, pero créame cuando le digo que este establecimiento podrá tener muy bajos los costos de sus platillos, pero nada compensa ni el lugar, ni el olor, ni la atención, ni los alimentos.

Lo primero que hago al llegar a un establecimiento es elegir mi mesa, esperar a que me lleven el menú e inmediatamente ir a los sanitarios, que en ésta ocasión tenían el piso lleno de agua y el bote rebozando de papeles.

Pedí unos chilaquiles en salsa de árbol con aguacate y de guiso extra, carne empanizada. El café de olla bastante dulce y tibio, al igual que los alimentos. La salsa roja con picor pero sin sabor, y el cacahuate jamás se notó su presencia; los frijoles con queso casi fríos (imagino que fue porque los metieron solo unos segundos al microondas), aparte un poco saldados. ¿Y la carne? Bueno, qué podré decir, muy seca, al igual que su empanizado; por un momento me asusté, creí que ya no estaban funcionando mis papilas gustativas puesto que la misma no tenía sabor absolutamente de nada.

No tienen internet. Su mobiliario nada cómodo. En el lugar no aceptan pago con tarjetas. No tiene estacionamiento. Su decoración no sabes si es minimalista, mexicana, Art Déco o campirana.

El lugar esta nada recomendable, por lo que le daré solo un tenedor.


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