Manuela Sáenz

De la redacción de razacero.

PÁG. 12 (2).Manuela Sáenz y Aizpuru acompañó en todas sus campañas a Simón Bolívar, al que en una ocasión le salvó la vida, lo que le valió el apelativo de “Libertadora del libertador”. Su presencia al lado de Bolívar marcaría indeleblemente numerosos acontecimientos durante los años cruciales de la gesta emancipadora latinoamericana.

Siguiendo el curso cronológico de los principales sucesos políticos y militares de los que fue testigo o protagonista, Manuela Sáenz aparece en eventos relevantes como las batallas de Pichincha y Ayacucho (1822 y 1824), el encuentro de Bolívar y San Martín, en Guayaquil (26 de julio de 1822), el conflicto entre el Libertador y Santander (1828), la rebelión de Córdova y la disolución de la Gran Colombia (1828), entre otros.

La historiografía del siglo XIX, temiendo por la memoria del “más grande hombre de América”, se encargaría de omitir la presencia de esta mujer en su vida. Con todo y ello, las anécdotas se dieron a conocer y la misma historia se vio en la necesidad de otorgarle el lugar que se merece.

Nació el 27 de diciembre de 1797 en Quito, Ecuador, ciudad por entonces de aires afrancesados que pronto se convertiría en escenario de una sangrienta guerra entre patriotas y realistas. Era hija natural de Simón Sáenz, comerciante español y realista, y de María Joaquina de Aizpuru, bella mujer hija de españoles de linaje, quien en el futuro tomaría partido por los rebeldes.

Desde muy joven entró en contacto con una serie de acontecimientos que animarían su interés por la política. En 1809 la aristocracia criolla ya se hallaba conspirando contra el poder de los hispanos, y a partir de entonces comenzaron a sucederse un conjunto de revueltas violentas.

Quizá las circunstancias familiares llevaron a Manuela a optar por los revolucionarios: presenciaba desfiles de prisioneros desde la ventana de su casa y se maravillaba de las hazañas de doña Manuela Cañizares, a quien tuvo por heroína al enterarse de que los conspiradores se reunían clandestinamente en su casa.

Por causa de las rebeliones, sin embargo, se ausentó de la ciudad para refugiarse junto a su madre en la hacienda de Catahuango, al sur de Quito. Allí se convirtió en una excelente amazona mientras su madre le enseñaba a comportarse en sociedad y a manejar las artes del buen vestir, el bordado y la repostería. Tiempo después ambas regresaron a Quito y la madre decidió internarla en el convento de monjas de Santa Catalina; tenía entonces diecisiete años.

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Retrato de Manuela Sáenz con la Orden del Sol del Perú.

La fascinación por la vida pública y su ímpetu rebelde la harían abandonar el convento. Aprendió a leer y a escribir, cualidades que le permitieron iniciar una relación con su futuro amante: Fausto Delhuyar, un oficial del ejército realista. Con él se fugó para descubrir más tarde el infortunio de su infertilidad. Las habladurías del amante le significaron la obligación de contraer matrimonio con James Thorne, un médico amigo de su padre y al que nunca llegó a amar.

Más tarde se convertiría en una de las principales activistas del movimiento independentista sudamericano, en el que actuaba de espía y pasaba información a los insurgentes. Participó en las batallas de la liberación del Perú, y en 1821, una vez liberada esta nación, fue condecorada con el título de Caballeresa de la Orden del Sol del Perú, por el general José de San Martín. En ese mismo año, aún casada con el Dr. Thorne, conoce a Simón Bolívar y se convierte en su amante; sigue al Libertador acompañándolo casi hasta su muerte, protegiéndolo con singular ferocidad de sus enemigos. A la muerte de Bolívar, el 17 de diciembre de 1830, Manuela Sáenz, perseguida por los adversarios políticos del Libertador, se refugia en el pueblo de Paita, en Perú, en donde se dedica a vender tabaco, a elaborar dulces por encargo y a traducir cartas en inglés. Muy querida por los habitantes de esta región, bautizaba niños con la condición de que se llamaran Simón o Simona. Sobre su lealtad al Libertador de América decía: “Vivo adoré a Bolívar, muerto lo venero”.

Manuela falleció en la pobreza absoluta el 23 de noviembre de 1856, a los 59 años de edad, durante una epidemia de difteria que azotó la región.

Los pueblos de Perú y Colombia la consideran su Libertadora; el 22 de mayo de 2007 el presidente ecuatoriano Rafael Correa le concedió el grado de Generala de Honor de la República de Ecuador; en 2010 el presidente venezolano Hugo Chávez la condecoró postmortem como Generala de División del Ejército Nacional Bolivariano.

Manuela Sáenz desafió las reglas de su tiempo que prohibían a las mujeres la libertad de decir y hacer lo que quisieran. Manuela Sáenz es uno de los grandes íconos del feminismo universal.

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